Capellanías colativas de Amandi en el siglo XVIII. Capítulo I. La iglesia de Proendos.

José María Lago, Os Navás, abril de 2012.

Muchos e interesantes son los trabajos publicados por los historiadores sobre la importancia de las fundaciones de Capellanías y su incidencia sobre la vida social y religiosa de España, y de Galicia en particular, durante los siglos XVII y XVIII, pero sin embargo es un tema escasamente conocido por los no especialistas a pesar de la gran repercusión que tuvo y el papel que jugaron en su época.
La institución de la Capellanía es un claro exponente del sistema beneficial, establecido y arraigado en la iglesia católica desde la Baja Edad Media. El sistema beneficial estaba basado en la premisa de que a todo oficio eclesiástico le correspondía un beneficio, o sea, unos ingresos o rentas, que provenían o bien del cobro de impuestos como diezmos y primicias, o bien del fruto anual que proporcionaban determinados bienes raíces llamados censos (viñedos, plantaciones, explotaciones de madera, etc).
El objetivo de una capellanía era triple. Por una parte, a cambio de un número de misas concreto, se garantizaba la salvación del alma del fundador aliviando su tránsito por el Purgatorio. Por otra parte, se garantizaba el sustento de un capellán de forma vitalicia al destinarle una renta por el cumplimiento de estas misas, y, por último, el reconocimiento social que suponía la posesión de Capilla propia, ya fuese dentro o fuera del edificio de la iglesia, donde era frecuente reservar un espacio para la propia sepultura.
Eran fundaciones creadas por tiempo indefinido sobre unos bienes raices que garantizaban la ejecución de un número concreto de oficios establecido en su acta de fundación. Se especificaba asímismo la frecuencia y el tipo de misa que debía celebrarse, cantada o no, y el número de sacerdotes que participaban en ellas, así como el gasto en cera que fuese pertinente. Por tanto, desde el momento mismo de su constitución, el fundador debía segregar de su patrimonio, e hipotecar a perpetuidad, aquellos bienes necesarios para hacer frente a tal compromiso. 
A lo largo del siglo XVII, y tras la total implementación de las directrices derivadas del Concilio de Trento, desarrolladas posteriormente por las Constituciones Sinodales de cada obispado, la proliferación de capellanías supuso un importante instrumento para sustentar la economía de la iglesia y la manutención de aquellos sacerdotes, generalmente provenientes de buenas familias, que se ordenaban con el título de beneficiados o capellanes. 
Las capellanías, en función de la titularidad de los bienes sobre los que estaban constituidas, se podían clasificar en dos grandes grupos: colativas y laicales. La capellanía laical es aquella en que no interviene la autoridad eclesiástica. Desde el punto de vista civil la capellanía laical se puede entender como un patronato cuyo objeto es garantizar determinados oficios religiosos sustentados por el rendimiento de unos bienes materiales, raíces o no, cuya titularidad no pierde el fundador o patrono de la misma. El nombraniento del capellán en este caso es de libre designación. 
Las capellanías colativas, aun siendo semejantes a las laicales en cuanto a su constitución, se caracterizaban por la intervención eclesiástica en su fundación y la “espiritualización” de los bienes sobre las que estaban funadadas, debiendo satisfacer cierto número de misas u otras cargas espirituales que debía cumplir el poseedor en la forma y lugar previstos por el fundador. Por tanto, el fundador segregaba de su patrimonio unos bienes que se destinaban a la manutención del clérigo poseedor de la capellanía, el cual se comprometía a celebrar en una capilla un cierto número de misas u otros rituales sagrados por el alma del fundador y, normalmente, también de su familia.
Dentro de estas capellanías colativas tenemos que diferenciar dos grupos: las colativas laicales y las colativas de sangre, según se especifique en su escritura de constitución el tipo de rendimiento que generan los bienes segregados. En el primer caso, las colativas laicales, esta renta quedaba prefijada en el acta de fundación de la capilla y no variaba en el tiempo. Se trataba pues de una renta concreta anual, normalmente fijada en dinero, sustentada sobre los bienes que han sido designados. En el segundo caso, las capellanías colativas de sangre, se considera que el sustento del capellán viene determinado por la renta que generaban anualmente unos determinados bienes, por ejemplo una plantación de centeno. En este caso la renta podía variar de un año para otro en función del rendimiento de dichos bienes, o sea el valor que alcancese el centeno en ese año.
Es sin duda este último el modelo que predomina a lo largo de los siglos XVII y XVIII en las parroquias del antiguo Arciprestazgo de Amandi, perteneciente a la Diócesis lucense. Pero más que entrar en el detalle técnico de su constitución o legislación nos interesa conocer cómo evolucionaron en el tiempo algunas de aquellas capillas fundadas y cuál fue la relación con su parroquia, así como los conflictos que pudieron plantearse. Para ello, en sucesivos artículos iremos viendo casos concretos que se produjeron en las iglesias de este Arciprestazgo de Amandi.
Un primer ejemplo representativo lo encontramos en la parroquia de Santa María de Proendos. Nos situamos en el año de 1697, año en que don Antonio Valcarce Losada, Cura Párroco en dicha feligresía, tras más de veinticinco años de servicio al frente de su parroquia, deja su cargo. Al año siguiente, en 1698, fundará una Capilla encomendada a la advocación de Nuestra Señora del Rosario y quedará dotada con un cañado de vino para asegurar cuatro misas semanarias por el recuerdo y cuidado de su alma. Es una capilla, por las características del acta fundacional, del tipo colativa de sangre.
Antes de entrar en la historia concreta de esta capellanía conviene conocer algo de la personalidad de su fundador. Don Antonio Valcarce Losada provenía sin duda de familia acomodada. Durante los veinticinco años largos que dura su ministerio al frente de la parroquia la vida en Proendos debió ser poco conflictiva en cuanto a tensiones provocadas por rentas o diezmos con la Iglesia, ya que a través de la documentación que ha llegado hasta nuestros días se aprecia cierta flexibilidad a la hora de ajustar cuentas y deudas con los mayordomos que han sido de su Fábrica. La principal fuente de información es sin duda el Libro de la Fábrica de la iglesia y los legajos que se conservan en el Archivo Diocesano de Lugo. En ellos no se recoge especial mención sobre las reformas pendientes en la nave de la iglesia, ni tampoco un excesivo control sobre los bienes y alhajas de la parroquia. Parece como si entre cura y feligreses hubieran llegado a un cierto consenso por el cual todos deberían salir ganando, quizás en detrimento de los intereses de la propia Diócesis lucense y su Cabildo Catedralicio. Esto lo podemos intuir a través de las anotaciones que realizó en el libro de fábrica don Antonio Sánchez, el Cura que le sucede en el cargo a finales de 1697. Este Cura tuvo la precaución de encabezar su ministerio con un memorial de todos los bienes y deudas que arrastraba la iglesia, así como con un resumen de los errores cometidos en las cuentas por su predecesor. De esta manera podemos concluir que don Antonio Valcarce era persona poco rigurosa en la aplicación de las normas y ritos de la iglesia, además de poco cuidadoso con las cuentas y deudas de la fábrica. En el Auto de Visita del año 1684 podemos leer lo que el Visitador, don Gerónimo Medina Cachín, le dejó escrito: “su merced es ynformado que al ofertorio de la misa que se dice al pueblo, algunos curas suelen prácticar algunas cosas indecentes y ajenas de tan santo lugar. Por tanto, manda su merced que dicho cura en dicho ofertorio solo amoneste a sus feligreses el amor a la virtud, el aborrecimiento de los vicios, el modo de confesarse y otras cosas tocantes a la buena doctrina que les deven dar, abstrayéndose de otras que tocan más al govierno secular que eclesiástico. Y por que asimismo su merced también está ynformado, la poca observancia que ay en la guarda de las fiestas y que algunos que devían exhortar a su cumplimiento son los primeros que contravienen a este precepto, manda su merced que dicho cura multe a los que travajaren en los días festibos sin causa lejítima y licencia suya en tres reales por la primera vez, aplicados a la fábrica de dicha iglesia, y que siendo contumaçes dé noticia a su Señoría Ilustrísima.”
Unos años más tarde, en 1694, el señor Visitador advertía a don Antonio “que el cura, o en su lugar, theniente, no admita en la capilla mayor mugeres, según está mandado por las Constituciones Synodales de este obispado”. Sin duda, algo de relajo habría para una advertencia de estas caracterísiticas.
Don Antonio gustaba de hacer también pequeños negocios con sus feligreses. Debió llevarse bien con los parroquianos y ser hombre respetado. Seguramente de buen vivir, comer y beber, a partir de 1670 vive en la Casa de Vilaestrille, cercana a la parroquia de Proendos. Cuando dejó el cargo en 1697 consta que debía a la Fábrica de la iglesia la cantidad de mil doscientos veintisiete reales, que había cobrado a los mayordomos de turno y no había aún desembolsado –según el ajuste que realiza su sucesor–; es sin duda una cantidad considerable para la época. En 1701 se sabe que entregó donativos a esos mismos mayordomos a modo de gratificaciones en lugar de devolver el dinero a las cuentas de la iglesia. Así lo refleja el Auto de Visita de aquel año: “Y por allarse su merced informado que algunos mayordomos reciben donativos de don Antonio de Valcarce, antecesor del Doctor don Antonio Sánchez, Cura actual, se los admitirá y revajará en este libro y ará cargo de dichas partidas a dicho don Antonio Valcarce y a sus herederos, y lo mismo ará sobre la fundación de una sepultura y lápida y tarima que en dicha iglesia tiene la Casa de Vilastrille”. El asunto de la lápida y sepultura lo trataremos en otro artículo; por ahora nos seguiremos centrando en don Antonio Valcarce y Losada, ex-cura de Proendos.
La Casa de Vilastrille en la actualidad.
Bajo su ministerio se encargan para la iglesia de Proendos el altar mayor y la imagen de Nuestra Señora, su patrona, así como los retablos de los dos colaterales primitivos del Santísimo Expuesto y Nuestra Señora del Rosario. Asimismo, en la visita pastoral del Obispo de Lugo, en 1676, se le ordena cerrar el atrio de la iglesia con cancelas para evitar que el ganado pueda refugiarse en sitio sagrado. 
En un legajo que se conserva en el Archivo Diocesano de Lugo encontramos que en 1692 se produce un acto de conciliación entre don Antonio Valcarce y Simón Rodríguez, llamado das Quintas, vecino de Liñarán, sobre una viña llamada Las Laxas que don Antonio le había comprado pocos meses antes en el lugar de Albeira, en Pacios, un lugar de la misma feligresía de Proendos. El acuerdo contemplaba que la explotacón de la viña corría a cargo de Simón Rodríguez a cambio de una renta anual. Probablemente aquí comience la historia de la fundación de la Capilla de Nuestra Señora por parte de don Antonio Valcarce en la iglesia de Proendos.
La fundación de la Capellanía ante notario se produce en el año de 1698, un año después de abandonar el cargo de párroco, y en la escritura de constitución queda soportada sobre la Casa de Vilaestrille, con una dotación de un cañado de vino anual que deberá pagar Simón Rodríguez das Quintas o sus herederos como contrapartida por la explotación de la viña Las Laxas. Entre las condiciones fijadas está la de celebrar cuatro misas semanales para la salvación del alma de don Antonio. Su primer Capellán, probablemente, fuese él mismo.
Los primeros años, según consta en el libro de la Fábrica, el pago del cañado de vino lo realizan alternativamente Simón Rodríguez y Alonso das Quintas, pero en el año de 1706 se interrumpe el pago coincidiendo con el fallecimiento de don Antonio y que los Rodríguez das Quintas se desentienden de la viña.
La puntualidad en el pago de las rentas era un requisito imprescindible para mantener los privilegios y las buenas relaciones con la parroquia. En una estructura tan jerarquizada como es la iglesia católica la cadena de mando exigía resultados. Desde el Vaticano hasta la más pequeña de las feligresías rurales el procedimiento para la exacción de las rentas era el mismo. En el Diccionario de la Lengua la palabra “exacción” tiene dos acepciones: por una parte, “Acción y efecto de exigir impuestos, prestaciones, multas, deudas, etc.”, por otra, “Cobro injusto y violento”. En los libros de Fábrica de estas pequeñas parroquias  encontramos muchos casos en que estas dos acepciones se confunden. Las exigencias para el pago de las deudas pendientes, los famosos alcances, son permanentes, y siempre bajo la amenaza de la excomunión mayor. Si el titular de las mismas fallece sus herederos han de responder. Así eran las reglas.
En 1709 don Andrés Sánchez Somoza, por entonces Cura de Proendos, tras varios años sin percibir la renta por la Capellanía de Nuestra Señora, exige a los herederos del difunto don Antonio Valcarce, y actuales propietarios de la Casa de Vilaestrille, se hagan cargo del cañado de vino estipulado. Así, desde 1710 hasta 1716 será don Juan Benito Feijóo, hijo de don Francisco Feijóo y Theresa Valcarce, heredera ésta de don Antonio, quien se hará cargo del pago.
Tras fallecer don Antonio el cargo de Capellán era previsible que lo ocupara un miembro de su propia familia. En la visita pastoral de 1717 podemos ver cómo se le ordena al cura de Proendos “que examine con todo cuidado si don Antonio de Novoa y Balcarce, Capellán de la Capellanía de Nuestra Señora del Rosario, ynclusa en la parroquia de Proendos, cumple con el decir de las misas y más que contenga su fundación, y en caso que no lo hubiere echo, o no hiciese a lo adelante, con lo que es de suio obligación de ello y más que le constase quanto a lo referido, dé quenta sin omisión para que en su bista se tome la providencia conveniente.”
Escudo de armas de los Feijóo Sotomayor y Valcarce que se encuentra a la entrada de la Casa de Vilastrille, en Proendos.
Es probable que don Antonio de Noboa y Valcarce viviese por entonces en la Casa de Vilaestrille junto a los Feijóo Sotomayor, ya que era un miembro más de la familia. De hecho, el escudo de armas que preside el portón de acceso a la casa se compone de tres campos con las armas de los Feijóo, Sotomayor y Valcarce. Las relaciones entre esta casa y el cura de Proendos pasaban por un momento tenso y difícil, sobre todo desde que en 1709 la iglesia había perdido un juicio civil contra los herederos de Antonio Valcarce a cuenta de la deuda que teóricamente éste había dejado al acabar su cargo al frente de su parroquia. La sentencia del pleito y sus costas habían dejado las arcas de la fábrica bajo mínimos. Existía un claro sentimiento de revancha hacia sus herederos. De alguna manera eran los responsables de las carencias y penurias de la parroquia. El acoso hacia todo lo que llevara su nombre era evidente.
Dos años más tarde, en 1719, se insiste nuevamente en las dudas sobre el cumplimiento de los preceptos estipulados en la fundación de la capilla. Así lo recoge el libro de la Fábrica en el auto de aquel año: “Y Antonio de Novoa y Valcarce, Capellán de la Capellanía de Nuestra Señora del Rosario, en virtud de santa obediencia so pena de excomunión mayor lattae sententiae en que ipso facto yncurra, firme el libro en que ponga anualmente certificación jurada de aver cumplido con el decir de las misas y más condiciones de la fundazión y tener el cuidado de exivir el libro con la certificazión al Señor Visitador de este Arciprestazgo para que lo reconozca y ponga razón a su continuación anualmente, para que a todo tiempo conste, y en caso que no lo aga en la visita benidera se tomará la providencia conbeniente y para que no pretenda ygnorancia el cura le ará saver el contenido de este auto, y de averlo echo lo ponga por escrito en este libro”. Y así lo hizo.
Diez años más tarde, en 1729, don Pedro Luengas, Canónigo de la Catedral de Lugo y Visitador aquel año del Arziprestazgo de Amandi, al visitar la iglesia de Santa María de Proendos coincidió con don Andrés Sánchez Somoza, el cura que desde hacía más de veinte años estaba al frente de la parroquia. Éste le puso al tanto de la situación y de su personal lucha para cobrar las rentas estipuladas por la Capilla de Nuestra Señora. Oídas sus quejas y denuncias don Pedro Luengas dejó registrado en su Auto de Visita: “Y por quanto su merced, el Señor Visitador, se halla ynformado de que don Antonio de Noboa, presvítero y Capellán de la Capellanía colativa de Nuestra Señora del Rosario, sita en esta parroquial de Santa María de Proendos, no la reside ni cumple en forma con la pensión de misas que constan de las fundaciones de dicha Capellanía, cuios ynstrumentos ofreció en la visita pasada presentar en esta y hazer constar de su obligazión, y de los más ynstrumentos de redenciones de censos que se han echo, como todo ello consta de diligencias con él echas y allamiento de presentar todos los ynstrumentos concernientes al cumplimiento y conservación de los bienes y ventas de dicha Capellanía, y por no haverlo echo y allarse ausente, manda su merced que don Andrés Somoza, theniente cura de esta parroquia, le notifique así que sea benido, comparezca delante su merced, el señor Provisor de la Ciudad de Lugo, a cumplir con lo que le está mandado y él tiene ofrecido, so pena de excomunión maior late sentençia.
El cura de Proendos, tres meses después, le comunica personalmente la citación anterior, pero don Antonio de Novoa Valcarce se defendió diciendo “que en quanto al cumplimiento de la obligación de dicha Capilla tiene cumplido por sí, y sacerdote de su orden, en el tiempo que estubo ausente como hará constar del libro que tiene echo por donde se le mandó hazer por auto de visita el año de veinte, y en quanto a lo demás que previene el auto ya tiene respondido en la otra visita en cuia respuesta se ratifica, y en quanto a las censuras apela por habérsele fenecido la jurisdizión con la visita y en el mismo tiempo hallarse ocupado y con licencia de su señoría ilustrísima en vendimias fuera del obispado, y en defensa de una querella de fuerza que se avía dado contra el señor Provisor”. O sea, que cumple en todo, que los papeles ya los presentó con motivo de la visita de 1717, y que solo incumplió sus deberes el tiempo que estuvo ausente de la parroquia, pero con permiso, durante la recogida de la vendimia.
Todavía dos años después, y más de treinta desde que se fundó la Capilla, en el Auto de Visita de 1731 se sigue insistiendo sobre la presentación de los papeles fundacionales de la capellanía y el cumplimiento de lo estipulado en ellos. El cura de Proendos, que sigue siendo don Andrés Sánchez Somoza, le vuelve a comunicar personalmente a don Antonio de Novoa el contenido del auto dictado por el Señor Visitador, a lo que éste contestó: “que el año de veinte se me mandó, por auto de visita, formase libro y en él zertificase tener cumplido con las cargas de dicha fundación, lo que e echo, y se a visitado por los más Señores Visitadores asta el año de treinta, que, aviéndolo exibido ante su Señoría Ilustrísima (se refiere a Manuel José de Santa María Salazar, Obispo y Señor de Lugo), por parecerle de poco volumen me mandó formar otro mayor, el que echo, y se ha visitado en la visita pasada del año de treinta y uno. Y, ansimismo, su señoría ilustrísima me mandó escribir el título y fundación de dicha mi capellanía para de ello tomar razón e informarse, y de echo me la volvió a entregar y me mandó fijase zédulas en las puertas de las iglesias de Santa María de Proendos y Nuestra Señora de la Vegua por pedirlo así la fundación, para si avía alguna persona que quisiese tomar ochenta ducados a censo por se haberen redimido a dicha capilla, y de ello mandase testimonio a Lugo dentro de dos meses, lo qual he cumplido, según a pasado por antes el Licenciado don Matheo Varela, notario, y teniendo exivida la fundación ante su Señoría Ilustrísima y no habérmela mandado poner en dicho libro de fábrica, antes bien me la mandó guardar, y por tanto, asta no tener nuebo orden de su Señoría IIustrísima no debo executar lo que por este último auto mandó.”
En 1736 fallece el cura don Andrés y es sustituido por Juan Andrés Somoza y Villamarín. Desde ese año y hasta 1744 lo único que figura en el libro de la Fábrica de Proendos en relación a la Capilla de Nuestra Señora es que el cañado de vino lo paga su Capellán sin especificar de quién se trata. Desde el año 1745 y hasta mediados de los años sesenta solo se contabiliza el cañado sin aclarar siquiera quién corre con su aportación. Tendremos que esperar hasta el año de 1765, ya con un nuevo cura al frente de la parroquia, para leer en el Auto de Visita firmado por don Manuel de Rivera una referencia directa a nuestra capilla en los siguientes términos: “Y respecto al Capellán de la de Nuestra Señora del Rosario, igualmente fundada en esta iglesia, no ha echo constar tener cumplido con las misas y cargas a que está adscrito por la fundación de la misma, se le intime y haga saber por este Vicario, presente la correspondiente certificación al término de ocho días que deven contarse desde la notificación, pena de excomunión mayor y apercivimiento.”
Tras este apercibimiento el libro nos informa que entre 1770 y 1778 el cañado lo paga Joseph de Gago, “actual Capellán de la Capilla de Nuestra Señora”, pero a partir de 1779 y hasta 1797 nadie se hace cargo de ese cañado, figurando un año tras otro que corresponde al capellán su pago pero que la iglesia no logra cobrarlo y “se debe”. El puesto de Capellán está vacante, no sabemos si por fallecimiento o renuncia de su anterior titular. Por aquel entonces la Casa de Vilaestrille pertenece a Juan Benito Méndez, que ha contraido matrimonio con una Feijóo Sotomayor y es heredero de los compromisos ligados a la casa. En 1798 pasa a ser Capellán de la Capilla don Joaquín Méndez pero no se presenta a la correspondiente visita pastoral, por lo cual es amonestado.
La historia de nuestra capellanía a lo largo de este siglo XVIII finaliza con una certificación que figura al final de la visita pastoral del año 1802 y que recoge, asimismo, el libro de la Fábrica de Proendos:
Certifico yo, el infraescrito Secretario de Visita, que en título de la Capellanía de Don Juaquín Méndez, Capellán de Nuestra Señora del Rosario en Santa María de Proendos, se proveyó por el Señor Visitador por Su Señoría Ilustrísima el auto del tenor siguiente:
En atención a que este Capellán no ha cumplido las dos misas semanarias en la iglesia de Santa María de Proendos, y altar de Nuestra Señora del Rosario, con arreglo a la fundación, y solo presentó en la Santa Visita un recivo firmado por Fray Juan Gómez, en Monforte a veinte y nuebe de diciembre de mil ochocientos y uno, de cuyo recivo resulta haver aplicado ciento nobenta y dos misas por mandado de don Juaquín Mendez sin hacer expresión de alguna otra cosa, y otro firmado por Fray Isidro Acuña, Guardián de San Antonio de Monforte, en el que dice dicho Padre Guardián que quedan al cuidado de su comunidad el aplicar doscientas misas, limosna de quatro reales, por orden de don Juaquín, Capellán de Nuestra Señora inclusa en Proendos, y su fecha, trece de noviembre de mil ochocientos dos, cuyos recivos, para evitar algún fraude ha firmado y rubricado su merced el Señor Visitador por Su Señoría Ilustrísima, manda dicho Señor que se digan las misas de la Capilla con arreglo a la fundación, haciéndolo constar el Cura Párroco de Santa María de Proendos para que cuide de su cumplimiento y certifique de ello así en las futuras visitas como quando el Capellán solicite ordenarse, y en quanto a las misas dichas hasta ahora sin arreglarse a la fundación manda que el expresado Párroco de Santa María de Proendos obligue al Capellán a que las mande decir inmediata y consecutivamente, y en caso de resistencia dé parte al Señor Provisor y al Fiscal Ecónomo con copia de este auto, del que se pondrá en el libro de Fábrica copia autorizada por el infraescrito Secretario de Visita para que provean lo que les parezca conveniente, teniendo presente que el mencionado Capellán don Juaquín Méndez no acreditó hasta ahora haverse presentado en la Santa Visita que huvo en este Arciprestazgo el año de mil setecientos noventa y ocho. Así lo mandó y firmó dicho Señor Visitador por Su Señoría Ilustrísima en la Santa Visita de Amandi y Parroquia de Pinol a veinte de noviembre del año de mil ochocientos dos.
                                   Firma: Licenciado Don Francisco Roces del Cañal Vigil
                                   Ante mí: D. Antonio de Castro y Quiroga
Otrosí, haviéndose informado dicho Señor Visitador que además de las dos misas semanarias referidas en el auto que antecede tiene este Capellán la obligación de otras dos misas semanarias, que hacen quatro, y reconocido que el Capellán al parecer raspó maliciosamente la palabra “otras”, se le apercibe que en lo sucesivo se abstenga de tales escesos y manda haga constar al Cura Párroco de Proendos el cumplimiento de las quatro misas semanarias desde que es Capellán con arreglo a la fundación, y en defecto le obligue a ello el mismo Párroco usando los medios prevenidos en el auto anterior. Lo mandó y firmó dicho Señor, de que certifico.
                                   Firma: Licenciado Don Francisco Roces del Cañal Vigil
                                   Ante mí: D. Antonio de Castro y Quiroga
Concuerda con su original a que me refiero y para que conste, lo firmo en San Salvador de Neyras, Noviembre veinte y quatro de mil ochocientos dos. Firma: D. Antonio de Castro y Quiroga.”
Conclusión:
La historia de la Capellanía de Nuestra Señora del Rosario es un claro exponente de lo que debieron ser este tipo de instituciones a lo largo del siglo XVIII.
De una parte los intereses  del fundador, de otra los intereses de la parroquia. No siempre fue fácil, como hemos visto, conjugar ambos. Por parte de la iglesia siempre prevalecieron las cuestiones económicas frente a las estrictamente espirituales. La continua exigencia de información que ejercía la Diócesis de Lugo sobre las cláusulas fundacionales de una capellanía y la supervisión de sus libros se explica únicamente como un férreo control sobre sus activos y los bienes que los respaldaban. El negocio era el negocio. El aparato jurídico de la Iglesia sin duda era una maquinaria implacable que contaba con las personas más capacitadas y mejor preparadas. En última instancia si era necesario se recurría a la connivencia del poder civil, lo que se conocía como “Brazo secular”. La salvación del alma del fundador o de los miembros de su familia, así como el prestigio social que aportaba una capellanía, tenía un precio y había que pagarlo.
Esta confrontación de intereses adquirió especial relevancia en el caso de los propietarios de la Casa de Vilaestrille. Éstos, a lo largo de todo el siglo XVIII, fueron sin duda una importante referencia social en la zona y el conflicto que mantuvieron con la iglesia y sus sucesivos párrocos tuvo que afectar inevitablemente al resto de los vecinos. Más cuando el origen del conflicto venía provocado por una Capilla fundada por un antiguo cura del que probablemente aún se conservaba un buen recuerdo.
Pero una vez fallecido el fundador si la figura del capellán estaba vacante las misas semanarias estipuladas no se cumplían, los herederos no pagaban y la iglesia dejaba de percibir sus ingresos en concepto de renta. El negocio no funcionaba y una y otra vez se apercibía a sus responsables con medidas de presión. Lo que debiera ser una relación supuestamente espiritual, donde lo importante era la salvación de las almas, se convertía en un ajuste permanente de resultados económicos en el que no podía haber fisuras ni demoras.
Retablo de Nuestra Señora del Rosario, de 1755, en el interior de la iglesia de Santa María de Proendos.
Por otra parte, las capellanías nacían para ser perpetuas, por lo tanto en la misma escritura de constitución se fijaban los requisitos necesarios para ocupar la vacante en caso de fallecimiento o renuncia de su titular. En el caso de las capellanías colativas laicales o de sangre, como es el caso de la nuestra, prevalecía el parentesco familiar a la hora de buscar un sucesor. Hemos visto que en vida de don Antonio Valcarce, su fundador, ya se estaba preparando para sucederle en el puesto de capellán don Antonio de Novoa Valcarce, un familiar directo. La Iglesia siempre había sido una puerta segura de promoción social y por ella entraron muchos de los que querían prosperar. Además, la adscripción al estamento eclesiástico conllevaba ciertos privilegios como era la supresión de ciertos impuestos o disfrutar de una jurisdicción especial, a lo que había que añadir la posibilidad de sustento a quienes únicamente se tonsuraban, porque a partir de ese momento disponían de una congrua o cuando menos de un beneficio simple, que generaban una oferta de empleo sin demasiado trabajo y con escasas responsabilidades. Esas carreras comenzaban con la tonsura y, si se contaba con un patrimonio familiar y unos ingresos mínimos para poder mantenerse, continuaban hasta alcanzar el presbiterado. Para ser ordenado debía disponer de unos medios económicos mínimos o hacerlo con el patronazgo de una capellanía de las llamadas colativas, tal y como fue la de Nuestra Señora del Rosario en la iglesia de Proendos. 
Todas las parroquias del Arciprestazgo de Amandi tuvieron a lo largo de esta época varias fundaciones de ermitas, capillas y obras pías con procesos más o menos similares. El estudio de sus trayectorias aportaría un valioso documento de la personalidad de sus responsables así como de la vida social y religiosa durante los siglos XVII y XVIII en toda esta región. Esperemos que pronto podamos obtener nuevos datos y mejores resultados.
José Mª Lago, Os Navás, abril de 2012

Domingo, 13 de maio – Excursión a terras de Samos.

Visita ao castro de Formigueiros, capela do ciprés e Mosteiro de Samos. 
http://memoriadesamos.blogspot.com.es/2011/03/relevancia-do-castro-de-formigueiros.html
* Saída ás 9:15 horas de Sober (praza do Concello) – 9:30 horas de Monforte (“casiñas” da Compañía).
* Prezo do bus: 5 € soci@s / 10 € non soci@s. Necesario anotarse previamente e ingresar os cartos ou pagalos en man ás persoas da Xunta Directiva.

* Nº de conta para ingreso:

2080 – 0144 – 81 – 3040002744
* Lugares de recollida de cartos en man: mércores, 25 de abril, no ensaio do Trícole (ás 21 horas na Casa da Cultura de Sober). 
* Contacto para máis información sobre o pago e para anotarse: coladodovento@gmail.com / 659323833.
 
* Mañá: ruta a pé duns 3 km para ver o castro de Formigueiros en Samos, con visita a un campo de mámoas.
* Xantar en Samos: cada persoa leva a súa comida, pero quen o desexe ten a posibilidade de xantar nalgún restaurante da vila.
* Tarde: visita ao mosteiro de Samos e “capela do ciprés”. Regresaremos a Monforte para chegar a tempo á concentración que a Plataforma Sanitaria de Monforte convoca para as 19 horas na Compañía.