Orixe da imaxinería nas parroquias do Arciprestádego de Amandi.

* Unha análise de José María Lago Bornstein basada en documentación eclesiástica inédita consultada polo autor.
Resumo

Nos Libros de Fábrica das parroquias que hoxe conforman o Concello de Sober quedou rexistrado cómo se fixeron reformas importantes dos templos e renovación do seu mobiliario, retábulos e imaxinería nos anos centrais do século XVIII.
Moitas destas imaxes e outros obxectos de valor desapareceron dende os anos 70. En palabras do autor: “Al estudiar estas tallas, clasificándolas por épocas y estilos y ordenándolas según la advocación que representan, tuve la curiosidad de investigar el origen de aquellas figuras. El origen material y también el espiritual, o sea, el origen de las devociones que habían motivado el que cada iglesia estuviera encomendada a la advocación de un santo concreto y que además hubiera una determinada selección de imágenes en su interior.”
A seguir, o artigo analiza casos concretos das nosas parroquias de Sober. 
As fotos son tamén do autor.
Ficha
– LAGO BORNSTEIN, JOSÉ MARÍA: “Origen de la imaginería en las parroquias del Arziprestazgo de Amandi”. O Colado do Vento, 2012.
Descarga (aquí) ou consulta on-line abaixo.

Imaginería en las parroquias de Sober

Capellanías colativas de Amandi en el siglo XVIII. Capítulo I. La iglesia de Proendos.

José María Lago, Os Navás, abril de 2012.

Muchos e interesantes son los trabajos publicados por los historiadores sobre la importancia de las fundaciones de Capellanías y su incidencia sobre la vida social y religiosa de España, y de Galicia en particular, durante los siglos XVII y XVIII, pero sin embargo es un tema escasamente conocido por los no especialistas a pesar de la gran repercusión que tuvo y el papel que jugaron en su época.
La institución de la Capellanía es un claro exponente del sistema beneficial, establecido y arraigado en la iglesia católica desde la Baja Edad Media. El sistema beneficial estaba basado en la premisa de que a todo oficio eclesiástico le correspondía un beneficio, o sea, unos ingresos o rentas, que provenían o bien del cobro de impuestos como diezmos y primicias, o bien del fruto anual que proporcionaban determinados bienes raíces llamados censos (viñedos, plantaciones, explotaciones de madera, etc).
El objetivo de una capellanía era triple. Por una parte, a cambio de un número de misas concreto, se garantizaba la salvación del alma del fundador aliviando su tránsito por el Purgatorio. Por otra parte, se garantizaba el sustento de un capellán de forma vitalicia al destinarle una renta por el cumplimiento de estas misas, y, por último, el reconocimiento social que suponía la posesión de Capilla propia, ya fuese dentro o fuera del edificio de la iglesia, donde era frecuente reservar un espacio para la propia sepultura.
Eran fundaciones creadas por tiempo indefinido sobre unos bienes raices que garantizaban la ejecución de un número concreto de oficios establecido en su acta de fundación. Se especificaba asímismo la frecuencia y el tipo de misa que debía celebrarse, cantada o no, y el número de sacerdotes que participaban en ellas, así como el gasto en cera que fuese pertinente. Por tanto, desde el momento mismo de su constitución, el fundador debía segregar de su patrimonio, e hipotecar a perpetuidad, aquellos bienes necesarios para hacer frente a tal compromiso. 
A lo largo del siglo XVII, y tras la total implementación de las directrices derivadas del Concilio de Trento, desarrolladas posteriormente por las Constituciones Sinodales de cada obispado, la proliferación de capellanías supuso un importante instrumento para sustentar la economía de la iglesia y la manutención de aquellos sacerdotes, generalmente provenientes de buenas familias, que se ordenaban con el título de beneficiados o capellanes. 
Las capellanías, en función de la titularidad de los bienes sobre los que estaban constituidas, se podían clasificar en dos grandes grupos: colativas y laicales. La capellanía laical es aquella en que no interviene la autoridad eclesiástica. Desde el punto de vista civil la capellanía laical se puede entender como un patronato cuyo objeto es garantizar determinados oficios religiosos sustentados por el rendimiento de unos bienes materiales, raíces o no, cuya titularidad no pierde el fundador o patrono de la misma. El nombraniento del capellán en este caso es de libre designación. 
Las capellanías colativas, aun siendo semejantes a las laicales en cuanto a su constitución, se caracterizaban por la intervención eclesiástica en su fundación y la “espiritualización” de los bienes sobre las que estaban funadadas, debiendo satisfacer cierto número de misas u otras cargas espirituales que debía cumplir el poseedor en la forma y lugar previstos por el fundador. Por tanto, el fundador segregaba de su patrimonio unos bienes que se destinaban a la manutención del clérigo poseedor de la capellanía, el cual se comprometía a celebrar en una capilla un cierto número de misas u otros rituales sagrados por el alma del fundador y, normalmente, también de su familia.
Dentro de estas capellanías colativas tenemos que diferenciar dos grupos: las colativas laicales y las colativas de sangre, según se especifique en su escritura de constitución el tipo de rendimiento que generan los bienes segregados. En el primer caso, las colativas laicales, esta renta quedaba prefijada en el acta de fundación de la capilla y no variaba en el tiempo. Se trataba pues de una renta concreta anual, normalmente fijada en dinero, sustentada sobre los bienes que han sido designados. En el segundo caso, las capellanías colativas de sangre, se considera que el sustento del capellán viene determinado por la renta que generaban anualmente unos determinados bienes, por ejemplo una plantación de centeno. En este caso la renta podía variar de un año para otro en función del rendimiento de dichos bienes, o sea el valor que alcancese el centeno en ese año.
Es sin duda este último el modelo que predomina a lo largo de los siglos XVII y XVIII en las parroquias del antiguo Arciprestazgo de Amandi, perteneciente a la Diócesis lucense. Pero más que entrar en el detalle técnico de su constitución o legislación nos interesa conocer cómo evolucionaron en el tiempo algunas de aquellas capillas fundadas y cuál fue la relación con su parroquia, así como los conflictos que pudieron plantearse. Para ello, en sucesivos artículos iremos viendo casos concretos que se produjeron en las iglesias de este Arciprestazgo de Amandi.
Un primer ejemplo representativo lo encontramos en la parroquia de Santa María de Proendos. Nos situamos en el año de 1697, año en que don Antonio Valcarce Losada, Cura Párroco en dicha feligresía, tras más de veinticinco años de servicio al frente de su parroquia, deja su cargo. Al año siguiente, en 1698, fundará una Capilla encomendada a la advocación de Nuestra Señora del Rosario y quedará dotada con un cañado de vino para asegurar cuatro misas semanarias por el recuerdo y cuidado de su alma. Es una capilla, por las características del acta fundacional, del tipo colativa de sangre.
Antes de entrar en la historia concreta de esta capellanía conviene conocer algo de la personalidad de su fundador. Don Antonio Valcarce Losada provenía sin duda de familia acomodada. Durante los veinticinco años largos que dura su ministerio al frente de la parroquia la vida en Proendos debió ser poco conflictiva en cuanto a tensiones provocadas por rentas o diezmos con la Iglesia, ya que a través de la documentación que ha llegado hasta nuestros días se aprecia cierta flexibilidad a la hora de ajustar cuentas y deudas con los mayordomos que han sido de su Fábrica. La principal fuente de información es sin duda el Libro de la Fábrica de la iglesia y los legajos que se conservan en el Archivo Diocesano de Lugo. En ellos no se recoge especial mención sobre las reformas pendientes en la nave de la iglesia, ni tampoco un excesivo control sobre los bienes y alhajas de la parroquia. Parece como si entre cura y feligreses hubieran llegado a un cierto consenso por el cual todos deberían salir ganando, quizás en detrimento de los intereses de la propia Diócesis lucense y su Cabildo Catedralicio. Esto lo podemos intuir a través de las anotaciones que realizó en el libro de fábrica don Antonio Sánchez, el Cura que le sucede en el cargo a finales de 1697. Este Cura tuvo la precaución de encabezar su ministerio con un memorial de todos los bienes y deudas que arrastraba la iglesia, así como con un resumen de los errores cometidos en las cuentas por su predecesor. De esta manera podemos concluir que don Antonio Valcarce era persona poco rigurosa en la aplicación de las normas y ritos de la iglesia, además de poco cuidadoso con las cuentas y deudas de la fábrica. En el Auto de Visita del año 1684 podemos leer lo que el Visitador, don Gerónimo Medina Cachín, le dejó escrito: “su merced es ynformado que al ofertorio de la misa que se dice al pueblo, algunos curas suelen prácticar algunas cosas indecentes y ajenas de tan santo lugar. Por tanto, manda su merced que dicho cura en dicho ofertorio solo amoneste a sus feligreses el amor a la virtud, el aborrecimiento de los vicios, el modo de confesarse y otras cosas tocantes a la buena doctrina que les deven dar, abstrayéndose de otras que tocan más al govierno secular que eclesiástico. Y por que asimismo su merced también está ynformado, la poca observancia que ay en la guarda de las fiestas y que algunos que devían exhortar a su cumplimiento son los primeros que contravienen a este precepto, manda su merced que dicho cura multe a los que travajaren en los días festibos sin causa lejítima y licencia suya en tres reales por la primera vez, aplicados a la fábrica de dicha iglesia, y que siendo contumaçes dé noticia a su Señoría Ilustrísima.”
Unos años más tarde, en 1694, el señor Visitador advertía a don Antonio “que el cura, o en su lugar, theniente, no admita en la capilla mayor mugeres, según está mandado por las Constituciones Synodales de este obispado”. Sin duda, algo de relajo habría para una advertencia de estas caracterísiticas.
Don Antonio gustaba de hacer también pequeños negocios con sus feligreses. Debió llevarse bien con los parroquianos y ser hombre respetado. Seguramente de buen vivir, comer y beber, a partir de 1670 vive en la Casa de Vilaestrille, cercana a la parroquia de Proendos. Cuando dejó el cargo en 1697 consta que debía a la Fábrica de la iglesia la cantidad de mil doscientos veintisiete reales, que había cobrado a los mayordomos de turno y no había aún desembolsado –según el ajuste que realiza su sucesor–; es sin duda una cantidad considerable para la época. En 1701 se sabe que entregó donativos a esos mismos mayordomos a modo de gratificaciones en lugar de devolver el dinero a las cuentas de la iglesia. Así lo refleja el Auto de Visita de aquel año: “Y por allarse su merced informado que algunos mayordomos reciben donativos de don Antonio de Valcarce, antecesor del Doctor don Antonio Sánchez, Cura actual, se los admitirá y revajará en este libro y ará cargo de dichas partidas a dicho don Antonio Valcarce y a sus herederos, y lo mismo ará sobre la fundación de una sepultura y lápida y tarima que en dicha iglesia tiene la Casa de Vilastrille”. El asunto de la lápida y sepultura lo trataremos en otro artículo; por ahora nos seguiremos centrando en don Antonio Valcarce y Losada, ex-cura de Proendos.
La Casa de Vilastrille en la actualidad.
Bajo su ministerio se encargan para la iglesia de Proendos el altar mayor y la imagen de Nuestra Señora, su patrona, así como los retablos de los dos colaterales primitivos del Santísimo Expuesto y Nuestra Señora del Rosario. Asimismo, en la visita pastoral del Obispo de Lugo, en 1676, se le ordena cerrar el atrio de la iglesia con cancelas para evitar que el ganado pueda refugiarse en sitio sagrado. 
En un legajo que se conserva en el Archivo Diocesano de Lugo encontramos que en 1692 se produce un acto de conciliación entre don Antonio Valcarce y Simón Rodríguez, llamado das Quintas, vecino de Liñarán, sobre una viña llamada Las Laxas que don Antonio le había comprado pocos meses antes en el lugar de Albeira, en Pacios, un lugar de la misma feligresía de Proendos. El acuerdo contemplaba que la explotacón de la viña corría a cargo de Simón Rodríguez a cambio de una renta anual. Probablemente aquí comience la historia de la fundación de la Capilla de Nuestra Señora por parte de don Antonio Valcarce en la iglesia de Proendos.
La fundación de la Capellanía ante notario se produce en el año de 1698, un año después de abandonar el cargo de párroco, y en la escritura de constitución queda soportada sobre la Casa de Vilaestrille, con una dotación de un cañado de vino anual que deberá pagar Simón Rodríguez das Quintas o sus herederos como contrapartida por la explotación de la viña Las Laxas. Entre las condiciones fijadas está la de celebrar cuatro misas semanales para la salvación del alma de don Antonio. Su primer Capellán, probablemente, fuese él mismo.
Los primeros años, según consta en el libro de la Fábrica, el pago del cañado de vino lo realizan alternativamente Simón Rodríguez y Alonso das Quintas, pero en el año de 1706 se interrumpe el pago coincidiendo con el fallecimiento de don Antonio y que los Rodríguez das Quintas se desentienden de la viña.
La puntualidad en el pago de las rentas era un requisito imprescindible para mantener los privilegios y las buenas relaciones con la parroquia. En una estructura tan jerarquizada como es la iglesia católica la cadena de mando exigía resultados. Desde el Vaticano hasta la más pequeña de las feligresías rurales el procedimiento para la exacción de las rentas era el mismo. En el Diccionario de la Lengua la palabra “exacción” tiene dos acepciones: por una parte, “Acción y efecto de exigir impuestos, prestaciones, multas, deudas, etc.”, por otra, “Cobro injusto y violento”. En los libros de Fábrica de estas pequeñas parroquias  encontramos muchos casos en que estas dos acepciones se confunden. Las exigencias para el pago de las deudas pendientes, los famosos alcances, son permanentes, y siempre bajo la amenaza de la excomunión mayor. Si el titular de las mismas fallece sus herederos han de responder. Así eran las reglas.
En 1709 don Andrés Sánchez Somoza, por entonces Cura de Proendos, tras varios años sin percibir la renta por la Capellanía de Nuestra Señora, exige a los herederos del difunto don Antonio Valcarce, y actuales propietarios de la Casa de Vilaestrille, se hagan cargo del cañado de vino estipulado. Así, desde 1710 hasta 1716 será don Juan Benito Feijóo, hijo de don Francisco Feijóo y Theresa Valcarce, heredera ésta de don Antonio, quien se hará cargo del pago.
Tras fallecer don Antonio el cargo de Capellán era previsible que lo ocupara un miembro de su propia familia. En la visita pastoral de 1717 podemos ver cómo se le ordena al cura de Proendos “que examine con todo cuidado si don Antonio de Novoa y Balcarce, Capellán de la Capellanía de Nuestra Señora del Rosario, ynclusa en la parroquia de Proendos, cumple con el decir de las misas y más que contenga su fundación, y en caso que no lo hubiere echo, o no hiciese a lo adelante, con lo que es de suio obligación de ello y más que le constase quanto a lo referido, dé quenta sin omisión para que en su bista se tome la providencia conveniente.”
Escudo de armas de los Feijóo Sotomayor y Valcarce que se encuentra a la entrada de la Casa de Vilastrille, en Proendos.
Es probable que don Antonio de Noboa y Valcarce viviese por entonces en la Casa de Vilaestrille junto a los Feijóo Sotomayor, ya que era un miembro más de la familia. De hecho, el escudo de armas que preside el portón de acceso a la casa se compone de tres campos con las armas de los Feijóo, Sotomayor y Valcarce. Las relaciones entre esta casa y el cura de Proendos pasaban por un momento tenso y difícil, sobre todo desde que en 1709 la iglesia había perdido un juicio civil contra los herederos de Antonio Valcarce a cuenta de la deuda que teóricamente éste había dejado al acabar su cargo al frente de su parroquia. La sentencia del pleito y sus costas habían dejado las arcas de la fábrica bajo mínimos. Existía un claro sentimiento de revancha hacia sus herederos. De alguna manera eran los responsables de las carencias y penurias de la parroquia. El acoso hacia todo lo que llevara su nombre era evidente.
Dos años más tarde, en 1719, se insiste nuevamente en las dudas sobre el cumplimiento de los preceptos estipulados en la fundación de la capilla. Así lo recoge el libro de la Fábrica en el auto de aquel año: “Y Antonio de Novoa y Valcarce, Capellán de la Capellanía de Nuestra Señora del Rosario, en virtud de santa obediencia so pena de excomunión mayor lattae sententiae en que ipso facto yncurra, firme el libro en que ponga anualmente certificación jurada de aver cumplido con el decir de las misas y más condiciones de la fundazión y tener el cuidado de exivir el libro con la certificazión al Señor Visitador de este Arciprestazgo para que lo reconozca y ponga razón a su continuación anualmente, para que a todo tiempo conste, y en caso que no lo aga en la visita benidera se tomará la providencia conbeniente y para que no pretenda ygnorancia el cura le ará saver el contenido de este auto, y de averlo echo lo ponga por escrito en este libro”. Y así lo hizo.
Diez años más tarde, en 1729, don Pedro Luengas, Canónigo de la Catedral de Lugo y Visitador aquel año del Arziprestazgo de Amandi, al visitar la iglesia de Santa María de Proendos coincidió con don Andrés Sánchez Somoza, el cura que desde hacía más de veinte años estaba al frente de la parroquia. Éste le puso al tanto de la situación y de su personal lucha para cobrar las rentas estipuladas por la Capilla de Nuestra Señora. Oídas sus quejas y denuncias don Pedro Luengas dejó registrado en su Auto de Visita: “Y por quanto su merced, el Señor Visitador, se halla ynformado de que don Antonio de Noboa, presvítero y Capellán de la Capellanía colativa de Nuestra Señora del Rosario, sita en esta parroquial de Santa María de Proendos, no la reside ni cumple en forma con la pensión de misas que constan de las fundaciones de dicha Capellanía, cuios ynstrumentos ofreció en la visita pasada presentar en esta y hazer constar de su obligazión, y de los más ynstrumentos de redenciones de censos que se han echo, como todo ello consta de diligencias con él echas y allamiento de presentar todos los ynstrumentos concernientes al cumplimiento y conservación de los bienes y ventas de dicha Capellanía, y por no haverlo echo y allarse ausente, manda su merced que don Andrés Somoza, theniente cura de esta parroquia, le notifique así que sea benido, comparezca delante su merced, el señor Provisor de la Ciudad de Lugo, a cumplir con lo que le está mandado y él tiene ofrecido, so pena de excomunión maior late sentençia.
El cura de Proendos, tres meses después, le comunica personalmente la citación anterior, pero don Antonio de Novoa Valcarce se defendió diciendo “que en quanto al cumplimiento de la obligación de dicha Capilla tiene cumplido por sí, y sacerdote de su orden, en el tiempo que estubo ausente como hará constar del libro que tiene echo por donde se le mandó hazer por auto de visita el año de veinte, y en quanto a lo demás que previene el auto ya tiene respondido en la otra visita en cuia respuesta se ratifica, y en quanto a las censuras apela por habérsele fenecido la jurisdizión con la visita y en el mismo tiempo hallarse ocupado y con licencia de su señoría ilustrísima en vendimias fuera del obispado, y en defensa de una querella de fuerza que se avía dado contra el señor Provisor”. O sea, que cumple en todo, que los papeles ya los presentó con motivo de la visita de 1717, y que solo incumplió sus deberes el tiempo que estuvo ausente de la parroquia, pero con permiso, durante la recogida de la vendimia.
Todavía dos años después, y más de treinta desde que se fundó la Capilla, en el Auto de Visita de 1731 se sigue insistiendo sobre la presentación de los papeles fundacionales de la capellanía y el cumplimiento de lo estipulado en ellos. El cura de Proendos, que sigue siendo don Andrés Sánchez Somoza, le vuelve a comunicar personalmente a don Antonio de Novoa el contenido del auto dictado por el Señor Visitador, a lo que éste contestó: “que el año de veinte se me mandó, por auto de visita, formase libro y en él zertificase tener cumplido con las cargas de dicha fundación, lo que e echo, y se a visitado por los más Señores Visitadores asta el año de treinta, que, aviéndolo exibido ante su Señoría Ilustrísima (se refiere a Manuel José de Santa María Salazar, Obispo y Señor de Lugo), por parecerle de poco volumen me mandó formar otro mayor, el que echo, y se ha visitado en la visita pasada del año de treinta y uno. Y, ansimismo, su señoría ilustrísima me mandó escribir el título y fundación de dicha mi capellanía para de ello tomar razón e informarse, y de echo me la volvió a entregar y me mandó fijase zédulas en las puertas de las iglesias de Santa María de Proendos y Nuestra Señora de la Vegua por pedirlo así la fundación, para si avía alguna persona que quisiese tomar ochenta ducados a censo por se haberen redimido a dicha capilla, y de ello mandase testimonio a Lugo dentro de dos meses, lo qual he cumplido, según a pasado por antes el Licenciado don Matheo Varela, notario, y teniendo exivida la fundación ante su Señoría Ilustrísima y no habérmela mandado poner en dicho libro de fábrica, antes bien me la mandó guardar, y por tanto, asta no tener nuebo orden de su Señoría IIustrísima no debo executar lo que por este último auto mandó.”
En 1736 fallece el cura don Andrés y es sustituido por Juan Andrés Somoza y Villamarín. Desde ese año y hasta 1744 lo único que figura en el libro de la Fábrica de Proendos en relación a la Capilla de Nuestra Señora es que el cañado de vino lo paga su Capellán sin especificar de quién se trata. Desde el año 1745 y hasta mediados de los años sesenta solo se contabiliza el cañado sin aclarar siquiera quién corre con su aportación. Tendremos que esperar hasta el año de 1765, ya con un nuevo cura al frente de la parroquia, para leer en el Auto de Visita firmado por don Manuel de Rivera una referencia directa a nuestra capilla en los siguientes términos: “Y respecto al Capellán de la de Nuestra Señora del Rosario, igualmente fundada en esta iglesia, no ha echo constar tener cumplido con las misas y cargas a que está adscrito por la fundación de la misma, se le intime y haga saber por este Vicario, presente la correspondiente certificación al término de ocho días que deven contarse desde la notificación, pena de excomunión mayor y apercivimiento.”
Tras este apercibimiento el libro nos informa que entre 1770 y 1778 el cañado lo paga Joseph de Gago, “actual Capellán de la Capilla de Nuestra Señora”, pero a partir de 1779 y hasta 1797 nadie se hace cargo de ese cañado, figurando un año tras otro que corresponde al capellán su pago pero que la iglesia no logra cobrarlo y “se debe”. El puesto de Capellán está vacante, no sabemos si por fallecimiento o renuncia de su anterior titular. Por aquel entonces la Casa de Vilaestrille pertenece a Juan Benito Méndez, que ha contraido matrimonio con una Feijóo Sotomayor y es heredero de los compromisos ligados a la casa. En 1798 pasa a ser Capellán de la Capilla don Joaquín Méndez pero no se presenta a la correspondiente visita pastoral, por lo cual es amonestado.
La historia de nuestra capellanía a lo largo de este siglo XVIII finaliza con una certificación que figura al final de la visita pastoral del año 1802 y que recoge, asimismo, el libro de la Fábrica de Proendos:
Certifico yo, el infraescrito Secretario de Visita, que en título de la Capellanía de Don Juaquín Méndez, Capellán de Nuestra Señora del Rosario en Santa María de Proendos, se proveyó por el Señor Visitador por Su Señoría Ilustrísima el auto del tenor siguiente:
En atención a que este Capellán no ha cumplido las dos misas semanarias en la iglesia de Santa María de Proendos, y altar de Nuestra Señora del Rosario, con arreglo a la fundación, y solo presentó en la Santa Visita un recivo firmado por Fray Juan Gómez, en Monforte a veinte y nuebe de diciembre de mil ochocientos y uno, de cuyo recivo resulta haver aplicado ciento nobenta y dos misas por mandado de don Juaquín Mendez sin hacer expresión de alguna otra cosa, y otro firmado por Fray Isidro Acuña, Guardián de San Antonio de Monforte, en el que dice dicho Padre Guardián que quedan al cuidado de su comunidad el aplicar doscientas misas, limosna de quatro reales, por orden de don Juaquín, Capellán de Nuestra Señora inclusa en Proendos, y su fecha, trece de noviembre de mil ochocientos dos, cuyos recivos, para evitar algún fraude ha firmado y rubricado su merced el Señor Visitador por Su Señoría Ilustrísima, manda dicho Señor que se digan las misas de la Capilla con arreglo a la fundación, haciéndolo constar el Cura Párroco de Santa María de Proendos para que cuide de su cumplimiento y certifique de ello así en las futuras visitas como quando el Capellán solicite ordenarse, y en quanto a las misas dichas hasta ahora sin arreglarse a la fundación manda que el expresado Párroco de Santa María de Proendos obligue al Capellán a que las mande decir inmediata y consecutivamente, y en caso de resistencia dé parte al Señor Provisor y al Fiscal Ecónomo con copia de este auto, del que se pondrá en el libro de Fábrica copia autorizada por el infraescrito Secretario de Visita para que provean lo que les parezca conveniente, teniendo presente que el mencionado Capellán don Juaquín Méndez no acreditó hasta ahora haverse presentado en la Santa Visita que huvo en este Arciprestazgo el año de mil setecientos noventa y ocho. Así lo mandó y firmó dicho Señor Visitador por Su Señoría Ilustrísima en la Santa Visita de Amandi y Parroquia de Pinol a veinte de noviembre del año de mil ochocientos dos.
                                   Firma: Licenciado Don Francisco Roces del Cañal Vigil
                                   Ante mí: D. Antonio de Castro y Quiroga
Otrosí, haviéndose informado dicho Señor Visitador que además de las dos misas semanarias referidas en el auto que antecede tiene este Capellán la obligación de otras dos misas semanarias, que hacen quatro, y reconocido que el Capellán al parecer raspó maliciosamente la palabra “otras”, se le apercibe que en lo sucesivo se abstenga de tales escesos y manda haga constar al Cura Párroco de Proendos el cumplimiento de las quatro misas semanarias desde que es Capellán con arreglo a la fundación, y en defecto le obligue a ello el mismo Párroco usando los medios prevenidos en el auto anterior. Lo mandó y firmó dicho Señor, de que certifico.
                                   Firma: Licenciado Don Francisco Roces del Cañal Vigil
                                   Ante mí: D. Antonio de Castro y Quiroga
Concuerda con su original a que me refiero y para que conste, lo firmo en San Salvador de Neyras, Noviembre veinte y quatro de mil ochocientos dos. Firma: D. Antonio de Castro y Quiroga.”
Conclusión:
La historia de la Capellanía de Nuestra Señora del Rosario es un claro exponente de lo que debieron ser este tipo de instituciones a lo largo del siglo XVIII.
De una parte los intereses  del fundador, de otra los intereses de la parroquia. No siempre fue fácil, como hemos visto, conjugar ambos. Por parte de la iglesia siempre prevalecieron las cuestiones económicas frente a las estrictamente espirituales. La continua exigencia de información que ejercía la Diócesis de Lugo sobre las cláusulas fundacionales de una capellanía y la supervisión de sus libros se explica únicamente como un férreo control sobre sus activos y los bienes que los respaldaban. El negocio era el negocio. El aparato jurídico de la Iglesia sin duda era una maquinaria implacable que contaba con las personas más capacitadas y mejor preparadas. En última instancia si era necesario se recurría a la connivencia del poder civil, lo que se conocía como “Brazo secular”. La salvación del alma del fundador o de los miembros de su familia, así como el prestigio social que aportaba una capellanía, tenía un precio y había que pagarlo.
Esta confrontación de intereses adquirió especial relevancia en el caso de los propietarios de la Casa de Vilaestrille. Éstos, a lo largo de todo el siglo XVIII, fueron sin duda una importante referencia social en la zona y el conflicto que mantuvieron con la iglesia y sus sucesivos párrocos tuvo que afectar inevitablemente al resto de los vecinos. Más cuando el origen del conflicto venía provocado por una Capilla fundada por un antiguo cura del que probablemente aún se conservaba un buen recuerdo.
Pero una vez fallecido el fundador si la figura del capellán estaba vacante las misas semanarias estipuladas no se cumplían, los herederos no pagaban y la iglesia dejaba de percibir sus ingresos en concepto de renta. El negocio no funcionaba y una y otra vez se apercibía a sus responsables con medidas de presión. Lo que debiera ser una relación supuestamente espiritual, donde lo importante era la salvación de las almas, se convertía en un ajuste permanente de resultados económicos en el que no podía haber fisuras ni demoras.
Retablo de Nuestra Señora del Rosario, de 1755, en el interior de la iglesia de Santa María de Proendos.
Por otra parte, las capellanías nacían para ser perpetuas, por lo tanto en la misma escritura de constitución se fijaban los requisitos necesarios para ocupar la vacante en caso de fallecimiento o renuncia de su titular. En el caso de las capellanías colativas laicales o de sangre, como es el caso de la nuestra, prevalecía el parentesco familiar a la hora de buscar un sucesor. Hemos visto que en vida de don Antonio Valcarce, su fundador, ya se estaba preparando para sucederle en el puesto de capellán don Antonio de Novoa Valcarce, un familiar directo. La Iglesia siempre había sido una puerta segura de promoción social y por ella entraron muchos de los que querían prosperar. Además, la adscripción al estamento eclesiástico conllevaba ciertos privilegios como era la supresión de ciertos impuestos o disfrutar de una jurisdicción especial, a lo que había que añadir la posibilidad de sustento a quienes únicamente se tonsuraban, porque a partir de ese momento disponían de una congrua o cuando menos de un beneficio simple, que generaban una oferta de empleo sin demasiado trabajo y con escasas responsabilidades. Esas carreras comenzaban con la tonsura y, si se contaba con un patrimonio familiar y unos ingresos mínimos para poder mantenerse, continuaban hasta alcanzar el presbiterado. Para ser ordenado debía disponer de unos medios económicos mínimos o hacerlo con el patronazgo de una capellanía de las llamadas colativas, tal y como fue la de Nuestra Señora del Rosario en la iglesia de Proendos. 
Todas las parroquias del Arciprestazgo de Amandi tuvieron a lo largo de esta época varias fundaciones de ermitas, capillas y obras pías con procesos más o menos similares. El estudio de sus trayectorias aportaría un valioso documento de la personalidad de sus responsables así como de la vida social y religiosa durante los siglos XVII y XVIII en toda esta región. Esperemos que pronto podamos obtener nuevos datos y mejores resultados.
José Mª Lago, Os Navás, abril de 2012

Dúas pequenas obras de arte nas terras de Amandi. As ánimas do Purgatorio.

José Mª Lago, Os Navás, marzo de 2012.
[Traducido ao galego polo Colado do Vento. Pódese descargar a versión orixinal, maquetada en .pdf aquí].


A idea do Purgatorio comezaría a xestarse desde moi cedo polos grandes ideólogos da igrexa católica. Os primeiros esbozos podémolos atopar xa nos Evanxeos, pero non sería até o século VI, con Gregorio Magno, cando a idea do purgatorio quedaría teoloxicamente definida. En base ás reflexións destes Pais da Igrexa a doutrina relativa aos fundamentos do purgatorio quedaría fixada definitivamente no concilio de Basilea-Ferrara-Florencia, celebrado entre 1431 e 1442. A idea que entón se adoptou, segundo quedaría reflectida máis tarde no catecismo, foi a seguinte: “Os que morren na graza e a amizade de Deus, pero imperfectamente purificados, aínda que están seguros da súa salvación eterna, sofren unha purificación despois da súa morte a fin de obter a santidade necesaria para entrar no gozo de Deus”. Así as cousas, e dado que o tránsito das almas por este estado de purificación e expiación de culpas podía acurtarse grazas a unas cantas pregarias e á compra de innumerables indulxencias, o purgatorio chegou a supor un suculento negocio para a Igrexa. As arcas do Vaticano a comezos do século XVI eran insaciables, entre outras cousas porque había que financiar a monumental basílica de San Pedro en Roma. Para iso a maquinaria recadatoria chegou até os últimos recunchos imaxinables coa venda de bulas, indulxencias, misas e todo aquilo que se puidera venderse polo ben e a salvación das almas. Sen dúbida, este sería un dos detonantes que motivarían máis tarde a protesta e ruptura luterana, apoiada nun primeiro momento polos príncipes alemáns e seguida en poucos anos por boa parte da poboación do centro e o norte de Europa. Ante esta situación a Igrexa de Roma contaatacou convocando, en 1545, o Concilio de Trento, do que sairían as directrices que marcarían o novo rumbo da Igrexa católica por espazo de máis de trescentos anos. Entre estas novas directrices que se impartían ao clero atopábase a reformulación da fe relativa ao Purgatorio. O texto que recolleu as conclusións sobre este tema redactouse nos  termos seguintes: “Coiden con suma dilixencia que a sana doutrina do Purgatorio, recibida dos santos Pais e sacros concilios, se ensine e predique en todas partes, e se cree e conserve polos fieis cristiáns; aquelas, empero, que tocan a certa curiosidade e superstición, ou saben a torpe lucro, prohíbanas como escándalos e pedras de tropezo para os fieis”.
 
Un dos grandes éxitos de Trento foi sen dúbida a implantación paulatina das súas conclusións e a difusión da súa doutrina. No terreo dogmático supuxo unha enorme clarificación en temas tan controvertidos – sobre todo polos protestantes – como eran a aplicación dos sacramentos, a tradición como fonte de fe revelada, o culto aos santos ou as indulxencias, ademais da doutrina sobre o purgatorio.
Ademais das revisións dogmáticas, nas sesións tridentinas afianzouse a estrutura organizativa da igrexa, reforzando considerablemente o papel que xogaran até entón as parroquias dentro das súas dioceses ou fixando o deber de residencia dos bispos, ademais de crear, así mesmo, os seminarios para a formación do clero. 
 
Esta nova mensaxe de Trento chegaría con rapidez ás zonas rurais da Galicia interior e terminaría por implantarse antes de finalizar o século XVI. Nos libros de Fábrica do Arciprestádego de Amandi son moitas as referencias ao redor destas novas directrices. Neles insístese unha e outra vez na boa observancia destes preceptos. As recomendacións prolongaranse ao longo dos séculos XVII e XVIII con intervencións como a de Francisco Armañá, bispo de Lugo, na súa visita pastoral de 1770: mandamos primeramente a todos los curas párrocos, y a cada uno de ellos en particular, que cumplan exactamente con el gravísimo indispensable cargo inpuesto por el santo Concilio de Trento (sesión 5, capítulo 2, de Reformas) de predicar a sus feligreses y enseñarles lo necesario para su devida instrución y christiana vida
. Un claro reflexo diso sería o control  – e a influencia – que exerceron as parroquias e os seus curas párrocos sobre os veciños ao cominarlles a que reflectisen nos seus testamentos o número de misas perpetuas que encargaban pola salvación das súas almas. Estas misas xeraban uns importantes ingresos á igrexa, apoiados por uns bens ráices que quedaban hipotecados para sempre. No Memorial de Rentas de San Esteban de Anllo, realizado en 1699 e recollido no seu libro de Fábrica, atopamos un bo exemplo deste tipo de misas e as súas contrapartidas: 
Tiene una misa de aniversario que fundó Catalina Pérez, da por quenta sobre el tercio y quinto de sus vienes que mandó a su hijo Baltasar; tenemos otra misa de aniversario que paga María López de Portizó, sobre la cortiña que tiene en el ferrado; tiene más, otra misa de aniversario que paga Pedro Álbarez, de Anllo, sobre los vienes que lleva en el lugar de Cigoñeyra; tiene más, otra misa de aniversario que paga María Pérez, da Cigoñeyra, y sus cuñados, sobre la cortiña que lleban en el ferrado; tiene más otra misa de aniversario que paga María de Santiago, de Nogueira, viuda que quedó de Juan Bouça, sastre, sobre la cortiña y viña que lleba do Penedo como ban da Lama para Rigueyro; más tiene otra misa de aniversario que fundó Domingo Gonçález do Arrejo, sobre la pieça de los Anllos, viña y soto que paga Pascual Pérez, do Arrojo, sobrino del fundador, sita dicha pieça en el lugar de Arrejo, y todas las ypotecas de dichas misas se hazen en la feligresía de San Esteban de Anllo; tiene açadón y azada y pala para enterrar los difuntos.”

Estas misas aniversario e misas perpetuas debían ser constituídas formalmente mediante escritura pública ante notario, onde quedaba reflectida a vontade do seu fundador nunha serie de cláusulas, así como os bens raices que soportarían os gastos das devanditas misas. Un claro exemplo deste tipo de escrituras atopámolo nun documento de 1615 recollido no libro de Fábrica da parroquia de San Miguel de Rosende: 
“Misa perpétua que fundó Pedro de Meira el viejo, cada lunes de cada semana, cuia cláusula es la siguiente:
“y también digo, mando y quiero, y es mi voluntad, que todos los lunes de cada semana para siempre jamás, me digan en el altar de Nuestra Señora de la yglesia de San Miguel de Rosende, una misa por mi alma, dirigida a las Almas del Purgatorio, la qual diga el clérigo que fuera de dicha yglesia, y quando él no quisiese sea otro, y si no pudiere ser al lunes sea al otro día de la semana, y por la qual dicha misa para siempre le den al que la dixere ochenta reales por cada un año, los quales dé mi heredero, y los dexo ypotecados los dicho ochenta reales para que se pague al dicho cura, los cobre en la Cantina dos Casares, que es propia, Diezmo a Dios, y mía devajo de mi palomar de el valado avajo, en que entra guerta y lamela, que todo ello será ocho tegas de semiente poco más o menos. […]”

Até aquí a primeira parte da escritura onde se fixan os obxectivos estipulados polo fundador: unha misa perpetua a cambio de oitenta reais anuais que cobrará o cura que a dixer. O texto continúa coa descrición dos bens que garantirán o pago e as condicións estipuladas para o mesmo.
 
“[…] Y en el vacelo de Campo do Fondo do Outeiro, que es mío propio, Diezmo a Dios, ai catorce o quince cavaduras, que parte con el camino que va de Outeiro para el Vareo de Areas. En las quales dichas dos piezas dexo situada la dicha misa para siempre y los dichos ochenta reales para ella, con condición que el clérigo que dijere la dicha misa sea obligado todas las veces que la dixere a venir avisar a mi heredero y persona que viviere en las casas en qual presente vivo, y el dicho heredero lleve o dé la candela para decirla, y no avisando el dicho clérigo al dicho heredero para si quisiere hir a oyr la dicha misa, por cada vez que no lo hiciere le quite el dicho heredero dos reales de salario que le mandó dar, y diga dicha misa con otro sacerdote por los dos reales. […]
Vemos como o fundador coidaba até o último detalle na escritura de fundación. O prioritario era que baixo ningún concepto a misa queda sen dicir. Por último, este tipo de escrituras finalizaba fixando as condicións que debían cumprir os herdeiros en relación aos devanditos bens.
[…] Y cumplida dicha condición digo, quiero y es mi voluntad que dicha cantina y vacelo no se parta entre hermanos ni herederos sino que siempre se esté del mismo pie y ande en el heredero que fuere y procediere en dichas casas, en donde al presente vivo, el qual tenga cuydado de hacer decir las dichas misas y pagar los dichos ochenta reales, y en defecto de no los paguen doy todo mi poder cumplido al clérigo que dijere la dicha misa los cobre de dicho heredero que llevare las dichas piezas, y lo otorgo así, a trece días del mes de mayo de mil y seiscientos y quince años, por delante Francisco Felpeto, escribano.” 
 
En cada parroquia podía haber decenas de “misas perpetuas” fundadas con similares condicións a estas. Desde finais do século XVI e até mediados do XVIII a idea das Ánimas do Purgatorio foi un concepto en alza que xerou grandes réditos á Igrexa. As Confrarías constituídas baixo a súa advocación foron sen dúbida das máis populares e con maior número de confrades tanto seglares como relixiosos. Proliferaron por todas as freguesías sen excepción. Se o fenómeno se tivese producido hoxe en día estariamos a falar dunha franquía cun enorme éxito de mercadotecnia e implantación. 
 
Estas confrarías debían cumprir unha serie de requisitos e recibir a aprobación da autoridade eclesiástica. Na visita pastoral que realizou o Bispo de Lugo, Juan Bautista Ferrer, á parroquia de Santo Estevo de Anllo no ano 1746 deixou escrito no libro de Fábrica o seguinte mandato ao cura párroco: Y también le mandamos que con el maior cuidado y vigilancia instruia a sus feligreses en la doctrina christiana, y que no permita en su iglesia, con título de deboción ni otro alguno, cofradías ni hermandades sin que preceda nuestra licencia y aprobación, y aga que las exigidas por nuestros antecesores acudan a las visitas generales a dar quenta de sus aberes y estado, en conformidad de lo dispuesto por el Santo Concilio de Trento.”

No termo do Arciprestádego de Amandi houbo varías destas confrarías encomendadas ao culto das Ánimas. Unha delas foi a que se fundou na parroquia de Santo Estevo de Anllo seis anos antes da visita do bispo Ferrer. Na primeira páxina do seu libro de rexistro podemos ler:
“Libro de la Cofradía de Ánimas fundada en esta parroquia de San Esteban de Anllo, en 9 de julio de 1738, siendo obispo el Ilustrísimo señor don Cayetano Gil Taboada.

Se haze y se funda con las constituziones siguientes:

Primera constitución:
Que los que fueren cofrades tengan obligación de pagar una quarta de bino y un zelemín de pan por cada un año, así eclesiásticos como seculares.

Segunda:
Que de entrada paguen lo mismo que anualmente, que es una quarta de bino y un zelemín de pan.

Tercera:
Que quando Dios fuere serbido llamar a juicio alguno de los cofrades tenga obligación el maiordomo que fuere de esta cofradía de darle media libra de zera para su entierro y diez y ocho luces para cada uno de los tres autos que es: entierro, medio año y cabo de año.

Quarta:
Que esta cofradía ha de ser visitada anualmente por los señores bisitadores que fueran de este obispado a quienes el maiordomo que de ella fuere deva dar quenta de su caudal y estar a su mandato y ordenanzas, en cuia conformidad fundamos e ynstituimos esta dicha cofradía, mediante la aprobazión y beneplázito de su señoría ilustrísima o de su merced, el Señor Visitador, y los que sabemos firmar lo firmamos.

Firman:
Nicolás Pérez Villamil; Gregorio Pérez Villamil; Juan López de Guitián; Manuel Pérez; Mauro Pérez.



Destas confrarías do Arciprestádego de Amandi chegáronnos noticias moi diversas a través dos libros de fábrica das súas respectivas freguesías. Así, por exemplo, sabemos que o mobiliario da sancristía de Santo Estevo pagouno en 1782 a Confraría, ou que as obras de ampliación que se realizaron na igrexa de San Martiño de Anllo a mediados do século XVIII foron financiadas pola Confraría das Ánimas, debido a que os caudais da parroquia non alcanzaban a sufragar os cuantiosos gastos.

 
Tras estes breves apuntamentos dados para amosar o que debeu ser o negocio da morte e as almas durante o século XVIII nestas terras do interior de Galicia, pasemos a ver agora os dous exemplos que chegaron até os nosos días de obras pictóricas daquela época.
 
Primeiramente, e grazas tamén a unha achega feita por aquela Confraría das Ánimas de San Martiño de Anllo, aínda podemos ver no interior desta igrexa un interesante mediorrelevo de principios do século XVIII que representa o momento do Xuízo Final das Ánimas. A súa basta execución parece obra dun artesán de ámbito local. Este tipo de relevos cumprían un claro labor didáctico entre uns fieis que na maioría dos casos non sabían ler nin escribir.
 
A obra está dividida en tres campos horizontais ben diferenciados. No campo central, o máis complexo e elaborado do tres, concéntrase toda a acción doctrinal da obra. Nel vemos como un esquelete pousa as súas mans sobre un moribundo que se atopa no seu leito de morte. Este está a recibir a extremaunción por parte dun Cura ataviado coa súa estola, quen ademais suxeita nas súas mans un libro no que podemos ler:
Creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, amo a Dios”. Esta era a mensaxe oficial por parte da Igrexa.
O moribundo está arroupado até o pescozo deixándonos ver tan só a cara cunha frondosa barba. Trátase sen dúbida dunha persoa maior. Á súa esquerda, unha figura demoniaca suxeita tamén un libro entre as súas garras onde lemos:
No me faltará a mí ese alma que no guardó los mandamientos”. A ameaza do mal e as súas consecuencias está clara, destino final o inferno e a condena eterna.
 
Por riba desta escena atopamos á nosa Señora do Rosario co Neno flanqueada por dous Arcanxos. O da dereita, o Arcanxo Gabriel, sostén un libro na súa man que di: Hizo penitencia de sus pecados, dio limosna, rezó el Rosario”. Na tradición católica ao Arcanxo Gabriel identifícaselle coa Anunciación, coa morte e a resurrección. O da esquerda, o Arcanxo Miguel, sostén unha balanza na súa man esquerda como símbolo do xuízo final das almas e os actos dos homes.
 
A mensaxe é clara. Antes ou despois chegaranos a nosa hora e debemos estar preparados. A presenza do demo sempre estará aí, axexando, pero a devoción ábrenos o camiño da salvación. En calquera caso, chegado o momento, se seguimos o recto camiño, pasaremos un tránsito polo lume purificador do Purgatorio onde nos prepararemos para a gloria eterna. É a escena que o artista nos representa no campo inferior da súa obra: as ánimas do purgatorio expiando as súas culpas cun xesto sereno e piadoso. Este tránsito será tanto máis breve canto maior sexa o número de misas que deixemos fundadas. Mesmo en vida podemos acurtar este proceso se contribuímos cos gastos da Igrexa por medio das bulas e indulxencias. O obxectivo ben o merece, trátase da gloria eterna. Esta é a escena que se representa no campo superior, onde vemos os corpos puros e espidos dos homes que alcanzaron o Paraiso. Tras eles, uns raios de luz celestial ilumínanos. Así de fácil.
 
Este relevo policromado de San Martiño está realizado sobre madeira, con pintura ao óleo. As súas medidas son de 112 x 170 cm. e creo sinceramente que a súa localización actual así como a súa conservación non son, desgraciadamente, as máis idóneas.

Outra mostra desta arte popular que chegou até os nosos días é o lenzo As ánimas do Purgatorio que podemos contemplar na igrexa de San Miguel de Rosende.

No libro de Fábrica desta parroquia atopamos o seguinte apuntamento do ano 1757: “El cuadro de las ánimas, sólo el lienzo costó, hechura y traerlo, cien reales”
, unha cantidade non excesivamente elevada para a época e que foi custeada polos veciños xunto con outras reformas que se acometeron aquel ano na igrexa.

Nada sabemos sobre a súa autoría, pero polo seu acabado e a data de execución ben podería provir do veciño lugar de Castinande onde sabemos da existencia dunha longa tradición en torno ao oficio de pintor. No libro de Fábrica de Santo Estevo de Anllo en 1790 noméase a Bernardo Pérez, de Castinande, como pintor, e máis adiante, en 1808, atopamos unha nota que di:
Juan Pérez de Castinandi, de oficio pintor de esta parroquia, hizo una Cruz Parroquial de madera. Por su echura y pintura llebó cinco duros y medio.”
 
O motivo do lenzo trata a visión das Ánimas por parte de san Gregorio Magno. É obra pouco elaborada na súa execución pero moi clara na súa intencionalidade. Na tradición da Igrexa católica, facendo referencia a certos textos da Sagrada Escritura, fálase dun lume purificador. Así, no Evanxeo de Mateo [12:31], atopamos a referencia ao que dixo Jesús, “Por tanto dígovos: Todo pecado e blasfemia será perdoado aos homes; mais a blasfemia contra o Espírito non lles será perdoada”. A partir desta afirmación sería san Gregorio Magno, un dos Pais da Igrexa, quen afirmaría: “Respecto de certas faltas lixeiras, é necesario crer que, antes do xuízo, existe un lume purificador, segundo o que afirma Aquel que é a Verdade, ao dicir que se algún pronunciou unha blasfemia contra o Espírito Santo, isto non lle será perdoado nin neste século, nin no futuro”.

Cunha mensaxe semellante está clara que a idea do lume purificador fronte ao castigo eterno que supuña o inferno ben merecía o pago dunha misa ou dunha indulxencia. Unha idea que triunfou enormemente no seu tempo grazas ao papel preponderante que xogaron os curas párrocos de entón coa divulgación e aplicación das doutrinas derivadas do Concilio de Trento, e que a nós, polo menos, permitiunos gozar hoxe destas dúas pequenas obras de arte en terras de Amandi.

Campanas con historia en tierras del Arziprestazgo de Amandi.

 

José Mª Lago, Os Navás, marzo de 2012. 
Cuando el viajero recorre los pueblos y aldeas de la Galicia interior le llama la atención la uniformidad que encuentra a primera vista en la arquitectura de sus iglesias rurales.
En el antiguo Arciprestazgo de Amandi –actual Concello de Sober–, al sur de Lugo y en tierras de la Ribeira Sacra, el origen de estas iglesias es sin duda muy dispar ya que nos podemos encontrar con fábricas que se remontan al siglo XII, como la iglesia de Canaval, y otras, como la de Doade, finalizadas en las postrimerías del siglo XIX. Entre medias toda una gama de matices arquitectónicos que a lo largo de los siglos han ido caracterizando la fisonomía de la parroquia rural: desde un tosco románico –Lobios, Proendos, Pinol– a un barroco de finales del XVIII –Vilaescura, Gundivós– pasando por soluciones más o menos neoclásicas como las de Millán, Neiras y Figuiroá. Así, hasta completar las 22 parroquias que componen este conjunto de desperdigados edificios eclesiásticos.
Canaval (S. XII). Espadaña construida en el siglo XVIII.
Lobios (S. XIII). Espadaña construida en el siglo XVIII.
Doade (S. XIX)
Pero si algo tienen hoy en común a primera vista todas esta iglesias del antiguo Arciprestazgo son sus características espadañas; todas ellas construidas o reformadas a lo largo del siglo XVIII con soluciones arquitectónicas muy similares. Todas escepto la de San Miguel de Rosende, antiguo monasterio benedictino, que a mediados del siglo XVIII reformó su edificio para ampliar la iglesia parroquial, y al cual se adosó una curiosa torre-campanario en la fachada de poniente.
La espadaña es la estructura arquitectónica que sobresale en altura a la cubierta de las iglesias y que prolonga verticalmente el muro de sus fachadas principales. Este muro suele acabar en forma de pináculo y está rematado siempre por una cruz. En él se abren tres vanos, uno pequeño superior y dos inferiores, de mayor tamaño, en donde se asientan las campanas. Esta es la misión primordial de la espadaña, hacer las funciones de campanario o campanil de la iglesia.
La presencia de la campana en la vida rural ha sido constante casi hasta nuestros días. Más allá de la llamada a los oficios religiosos –para que los fieles se humillen incando las rodillas en el suelo y recen las Avemarías, según un texto de 1544 perteneciente a una parroquia de Ourense– el tañer de las campanas alcanzó a lo largo del tiempo un sutil lenguaje en el que se llegaron a diferenciar hasta siete ritmos diferentes:
Toque de Oficios: Se tocaba todos los días del año: al alba, al mediodía (Ángelus), y al anochecer. El toque consistía en tres golpes de la campana mayor. Así nos lo cuenta un Auto de Visita de la parroquia de Santa María de Proendos de 1782: “Que se toque tres veces al día, a la mañana, medio día y anochecer, a las Ave Marías y una hora después la del Deprofundis por las benditas almas, exhortando a todos dichos sus feligreses las rezen con devoción.”
Toque a Muertos: Golpeo combinado de las dos campanas para anunciar la muerte de un vecino. Se realizaba en el mismo momento en el que se comunicaba el fallecimiento, y después al mediodía o al atardecer, tras el toque de oficios, según la hora en que se hubiese producido. Al día siguiente, lo mismo, tras los toques de oración hasta el momento del entierro. Se iniciaba cuando el párroco iba a la casa del difunto y se continuaba cuando se llevaba al difunto desde su casa a la iglesia y tras la misa, durante el recorrido de la iglesia al cementerio. El toque era diferente según se tratase de un hombre o de una mujer.
Para llamar a la misa del primer aniversario también se utilizaba un toque diferenciado, lo que se conoce por toque de Cabo de Ano. Para diferenciarlo del toque A Muerto, el toque tiene una menor duración.
Toque a Párvulos: Se empleaba cuando el fallecido era un niño que no había hecho la Primera Comunión. El coste de funerales y sepulturas era menor. Así, por ejemplo, en la feligresía de San Martín de Doade en los cargos de la iglesia del año 1695 leemos: “veinte y dos sepulturas que hubo de cuerpos grandes, a tres reales cada una, sesenta y seis reales. Más, de diez y seis sepulturas de párbulos, a real y medio cada una, veinte y quatro reales. Total azen nobenta reales.”
Toque de Domingo: Constaba de cuatro partes: repique, volteo de la campana menor, repique y al final, toques rápidos para llamar a misa: media hora antes, quince minutos antes y justo antes de la misa. 
Toque de Fiesta Mayor: Constaba también de cuatro partes: repique, volteo de la campana grande, repique y toques rápidos para llamar a misa. En cada parroquia se emplea con el día del patrón correspondiente y en las fiestas mayores como son el Corpus o la Virgen de Agosto.
Toque de Inclemencias: El campanero lo ejecutaba cuando intuía que se presentaba una tormenta mala, por la forma y el color de las nubes. Este toque se realizaba mediante una serie de campanadas extremadamente lentas con la campana grande. En un Manual Eclesiástico del obispado de Ourense del siglo XVI se lee: “Cuando los sacerdotes vieren el tiempo rebuelto, y se temiere tempestad o tormenta de aguas o piedras o ayres, hagan tañer en todas las yglesias todas las campanas, y vestidos con sus sobrepellizes y estolas, estando en la yglesia, rezen con mucha devoción”.
Toque de Fuego: Era la señal de aviso más eficaz para congregar y coordinar a la gente. Consistía en un toque muy acelerado con la campana grande, que comenzaba con tres toques separados.
En los libros de Fábrica de las parroquias, auténticos tesoros de documentación y reflejo de aquella época, nos encontramos múltiples referencias a las campanas. Valga como ejemplo la referencia que de ellas se hace en el inventario de los bienes de San Pedro de Canabal en el año 1746: “Más, tiene [la iglesia] dos campanas grandes con que se llama a misa, se toca a difunto y a trueno.”
Pero, ¿de dónde venían todas estas campanas, con tamaño suficiente para que su sonido abarcase toda la parroquia?
Antiguamente era frecuente encontrar en esta región de Amandi pequeñas herrerías repartidas por los diferentes pueblos y aldeas. La materia prima, el mineral de hierro, solía proceder de tierras de Pobra de Brollón o de la zona de Quiroga. Llegaba en carretas o en caravanas de mulos hasta las grandes forjas como la de Penacova, cerca de Bóveda, de la que tenemos noticias desde mediados del siglo XVIII y que ha estado en funcionamiento hasta no hace muchos años. Allí se lavaba y colaba el mineral preparando las barras y lingotes de metal limpio que luego se vendía a los pequeños artesanos. Tenemos numerosas referencias en los Libros de Fábrica de las diferentes parroquias en que se menciona a estos artesanos para la confección de llaves y cerraduras, bisagras, clavos y herraduras. Así por ejemplo, en las cuentas de la parroquia de Santa María de Proendos, de 1771, se puede leer: “el herrero Joseph González, vecino de Mer, llevó setenta y siete reales por componer la lámpara del Santísimo,…”. Por otra parte, en las cuentas de San Esteban de Anllo, de 1799, se lee: “…de clavos, visagras y lo que devenga de salarios el herrero Silvestre Fernández, de Portizó, cinquenta y ocho reales”. También, en el libro de fabrica de Santa Cruz de Brosmos leemos en el año 1736: “La casa del herrero de Ousille, de la feligresía de Gundivós, una misa paga en cada un año”.
Para estos menesteres menudos estos artesanos eran suficiente. Cuando menos podía encontrarse uno por parroquia, si no más. Pero, y las campanas, piezas de mayor peso y tamaño, con un oficio mucho más elaborado, ¿cómo y dónde se hacían?
También en los Libros de Fábrica de estas parroquias encontramos una valiosa información al respecto. Por ejemplo, en el Auto de Visita del año 1765, en Santa María de Proendos, el Señor Visitador ordena la fundición de una nueva campana ya que “la campana maior de esta iglesia se halla rota desde el próximo mayo y es preciso se funda y haga de nuebo, ordena se haga saver por este Vicario a los feligreses, o cavezas de casa de que se compone esta iglesia, o su maior parte congregados en ella en un día colendo [1] al ofertorio de la misa, den pronta providad para su fundición, ajustándola con maestro del arte de conocida pericia que la haga y se obligue a su seguridad, y dichos vecinos a contribuirle por derrama y comparto entre ellos con el coste que se estipulase en dicha obligación a los plazos en ella señalados. Cúmplanlo así al término de tres meses que se les señala por perentorio, y pasado, a ello se les apremie por qualquiera notario o escribano requerido.” La orden venía de don Manuel de Rivera, visitador aquel año en el Arciprestazgo por parte del obispado de Lugo.
Campana pequeña de la parroquia de Bolmente, realizada en 1777.
Tres años más tarde, en 1768, en el mismo libro encontramos una nota al final del Auto de Visita que dice: “La campana mayor de esta parroquia de Santa María de Proendos se ha quebrantado, y para componerla se han ajustado los vecinos y el cura con el campanero. La han pesado y pesó cinco arrobas y onze libras, y la ajustaron en mil y cinquenta reales de vellón por la echura y renuebo de la dicha campana, que havía de pesar siete arrobas, y juntamente ajustaron las creces que tuviese de metal, la libra a diez reales y medio; pesó nuebe arrobas [2] después que vino compuesta. Quebrantó por segunda vez en el mismo año que se a puesto en el campanario, y la ajustaron los vecinos y el Vicario con el campanero por la echura y renuebo de dicha campana en doscientos y quarenta reales y las creces del metal a siete reales la libra. Se ha compuesto en Monforte, traido a la parroquia y pesado por la romana de San Esteban de Ribas de Sil, por no aver aca otra que alcanzase el peso, y pesó nuebe arrobas y onze libras, y el Vicario y vecinos hicieron esto en el año de sesenta y seis, y aora, en veinte y ocho de septiembre del año de mil setecientos sesenta y ocho, vino el campanero para cobrar el importe de las dos fundiciones de campana, y llevándolo el Vicario a quentas, hicieron la quenta de las dichas dos fundiciones con creces de metal, y ajustaron todo en mil ochocientos y quatro reales y medio, los que quedaron los vecinos de entregarle lo que huviese en ser de las Primicias [3] de la parroquia, y por restante, que daría lugar hasta tanto que fuere recivido de las Primicias, según consta de una obligación que hizo el campanero con los vecinos en veinte y siete de abril del año de mil setecientos sesenta y seis.”
El proceso siempre era el mismo: el maestro campanero se desplazaba hasta la iglesia que reclamaba sus servicios, se pesaba la campana rota, se fijaba con los vecinos el tamaño de la nueva campana y se ajustaba el precio del material extra necesario para la nueva fundición junto con los honorarios correspondientes. La campana rota era llevada hasta los talleres de la fundición y una vez finalizado el proceso de fundición, la nueva campana era transportada hasta la parroquia, donde de nuevo volvía a pesarse. El precio final y la forma de pago se cerraba en aquel momento.
No era habitual, lógicamente, que una misma campana se rompiera dos veces en el corto espacio de tiempo de un año. Lo que sí parece que era bastante habitual era tener que desplazarse hasta el monasterio de San Esteban de Rivas, al otro lado del río Sil, a por una romana de suficiente tamaño como para pesar la campana antes y después de su reparación, por no haber en toda esta zona ninguna de suficiente tamaño.
El coste del transporte era de cuatro reales, tanto de la romana como de la campana, como así lo vemos reflejado en el mismo libro de cuentas dos años después: “…se saca del Cargo ocho reales que cobró Juan Conde, del lugar “da Pena”, éstos fueron por ir por la campana a Monforte con su junta, y por ir también por la romana para pesar dicha campana a San Esteban de Rivas do Sil.”
Cuatro reales fue el jornal medio que se pagó durante prácticamente todo el siglo XVIII. Lo percibía tanto el albañil por retejar la iglesia, como el sastre por componer unos manteles para los altares o el carpintero que reparaba la escalera del coro. Cuatro reales daban entonces bastante de sí.
Otro ejemplo significativo para la fundición de una nueva campana lo encontramos en San Esteban de Anllo. En esta ocasión la campana es encargada a un maestro artesano de la ciudad de Ourense. A continuación del Auto de Visita del año 1782, en el libro de Fábrica de dicha feligresía, encontramos la siguiente aclaración: “Razón del coste de la campana grande que se refundió por aver quebrado la que avía, la que pesó, al llevarla el campanero don Antonio Cajigal, maestro campanero, cinco arrobas y siete libras castellanas, y la que trajo pesó siete arrobas y catorce libras, también castellanas, a ocho reales cada libra de las añadidas, y 355 reales de echura, con la obligación de traerla desde Orense donde se refundió en la fábrica, que suman echura y coste 806 reales. Pagó la Fábrica 248 reales, que tenía de caudal poco más, y los restantes los pagaron los feligreses según reparto echo entre ellos; diez reales el badajo y diez el zepo, cinco reales más del que la llevó partida a Rivas de Sil, y desde allí el campanero a Orense a su costa. Más la composición de los yerros de la campana para el zepo, doce reales, suman en todo son 842 reales todo el coste.”
Pero si ahora nos parece increíble un viaje así hasta Ourense desde estas parroquias de Amandi, llevando y trayendo la campana por aquellos caminos de finales del siglo XVIII, cruce del rio Sil incluido por el paso da Barca, más increíble resultará el caso de la parroquia de Santa Cruz de Brosmos, en que encontramos que la confección de la nueva campana se realiza nada menos que en tierras cántabras.
En el libro de la Fábrica de esta feligresía, en 1725, encontramos el recibo firmado de un maestro campanero que dice así: “Digo yo, Diego de Son, vecino del lugar de Castillo, Junta de Siete Villas, Arzobispado de Burgos, que ajusté la campana de esta feligresía de San Miguel de la Santa Cruz con Don Florencio de Noboa, Cura actual de esta dicha feligresía, como tal maestro que soy de ellas, en ciento y ochenta reales que costó echura y metal y más aderentes para la fundición de dicha campana, los quales reciví de Blas Rodríguez de Pumar como Mayordomo Mayor que es de esta dicha feligresía, y me doy por pago y satisfecho de ellos, y recivo le doy en forma en dicha feligresía, a cinco de septiembre de mil sietecientos y veinte y cinco, y para que conste lo firmo dicho día, mes y año de arriba, de los quales quatrocientos sesenta reales pagaron por repartimiento los feligreses.”
Como vemos en el ejemplo de Brosmos –también en los de Anllo y Proendos– el coste de la campana corría en su mayoría a cargo de los vecinos y se ajustaba entre éstos y el maestro campanero, con la mediación del Cura, ya que éste era un gasto que no cubría el impuesto de Primicias. Un gasto “voluntario” que no podían rehusar, so pena de excomunión mayor.
El caso de la parroquia de San Miguel de Rosende es especialmente curioso. A mediados del siglo XVIII el edificio de la iglesia estaba en plena remodelación y se acababa de rematar las obras de la nueva torre campanario. Los recursos económicos de la Fábrica habían quedado al mínimo. En un inventario de gastos que realiza el cura en 1757 nos cuenta: “púsose el yugo, hierro y lengua, que costó ochenta y tres reales, a una campana que usaron dos años los vecinos”. O sea, los vecinos habían entregado su campana para uso de la iglesia. Tres años más tarde, en el Auto de la visita pastoral, nos encontramos esta referencia: “respecto esta fábrica no tiene caudal para el pago de una campana, de que según está informado está debiendo la fábrica, se saque y haga efectivo el pago para dicha campana del caudal que tubiere en ser la Cofradía del Santísimo.”
Un año tras otro se hace referencia en las cuentas que se ajustan con los Mayordomos menores [4] de las Fábricas los gastos derivados del mantenimientos de las campanas: reparación de cepos, badajos, cadenas o cuerdas que se rompían con el roce de la piedra al tocar las campanas. Durante todo el siglo XVIII el importe de estas piezas y el coste de sus reparaciones se mantiene prácticamente sin variación en sus precios. La partida “más un real para la cuerda de la campana” es, junto con el coste de la libra de cera, la más repetida en los gastos de las iglesias a lo largo de todo este siglo.
Campana de Pinol, 1914. Sello de la fundición de Gregorio Blanco.
A principios del siglo XIX el maestro campanero Gregorio Blanco, natural de Cantabria, se instala con su familia en las afueras de Monforte de Lemos, en la zona de Ribas Altas, donde montará su taller de fundición desde el que saldrán buena parte de las campanas que actualmente tocan a oficios o difuntos en estas tierras de Amandi. Mas tarde se trasladará al barrio de Morín, donde, primero su hijo Gregorio Blanco Ysla, y más tarde su nieto, Antonio Blanco Lemos, mantuvieron la tradición artesanal de la familia hasta mediados de los años sesenta del pasado siglo XX en que definitivamente cerró la fundición. En sus campanas encontramos el inconfundible sello del fundidor: “Blanco Mehizo – Monforte” junto a un sello con la imagen de Santa Bárbara.
Don Genaro Blanco Lemos, cura que fue de la parroquia de Millán hasta el año 2000, perteneciente al Arciprestazgo de Amandi, formó parte también de esta dinastía de maestros campaneros.
No podemos finalizar este recorrido por las campanas de la Galicia rural sin recordar los versos de nuestra poetisa.
Ven a noite…, morre o día,
as campanas tocan lonxe
o tocar do Ave María.
Elas tocan pra que rece;
eu non rezo que os saloucos
afogándome parece
que por mín tén que rezar.
Campanas de Bastabales,
cando vos oio tocar,
mórrome de soidades.
Actualmente la campana más antigua que se conserva en todo el Concello de Sober se encuentra en la parroquia de Santa María de Bolmente; es la campana menor de las dos que tiene la iglesia en su espadaña. Carece de firma o sello de autor, pero sí figura su fecha de fundición: año de 1777. Todo un desafío el haber llegado hasta nuestros días cumpliendo su función, digno de nuestro más sincero reconocimiento.
Notas
1 – Día colendo: Día festivo por una celebración religiosa u oficial
2 – Una campana de nueve arrobas (algo más de 100 kilos) era una campana de tamaño medio.
3 – Primicia: Tributo que pagaban los vecinos a su parroquia para el mantenimiento de los gastos de la iglesia.
4 – El Mayordomo menor de la Fábrica era la persona encargada de recaudar cada año el pago de la Primicia entre los vecinos de la parroquia, así como de pagar los gastos ordinarios de la iglesia.